lunes, 3 de noviembre de 2008

Jaqueca

Abría los ojos y era lo primero que sentía. Jaqueca, una jaqueca intensa, un dolor ciego que a ratos parecía llegar al clímax sólo para volver a la desesperante continuidad del malestar.

Jaqueca, ja-que-ca, jaqueeeeeeeeecaaaaa... repetía una y otra vez en su mente, casi como un mantra, como si al hacerlo lograra atenuarla.

En las horas de ocio se dedicaba a pensar en distintas e intrincadas formas de perder la cabeza. Se le antojaba desatornillarla y hacerla rodar hasta el terreno baldío que estaba cerca de la oficina o enviársela en una caja con moño a aquel ex novio que nunca la entendió: “Úsala en vez de la tuya, sufre de jaqueca pero al menos sí funciona”.

Para las tres de la tarde, su hora de comida, ya había vomitado tantas veces que del apetito sólo le quedaba el recuerdo. Se veía aún más desmejorada por las ojeras que teñía el rimel debajo de sus ojos, se daba cuenta por las miradas de los compañeros pero estaba demasiado ocupada –ja-que-ca, jaaa-queee-caaa– para hacer algo al respecto.

Meses y meses con dolor de cabeza. De noche, de día, de tarde, de madrugada; sempiterna jaqueca. Hasta en sueños la tenía. “Discúlpame cariño, me sigue doliendo. Perdón jefe, ahora borro la palabra jaqueca de la portada. Hola, buen día, mi nombre es jaqueca... perdón, Jaqueca”.

Escribía y escribía en un cuaderno: queja, jaca, ceja, caja, queca, jue... tengo una queja de la jaqueca, me gustaría guardar la jaqueca en una caja, mi ceja se frunce por la jaqueca, está de la queca la jaqueca, la jaqueca no se jue...

Pero sí se fue, un día despertó y para cuando estaba saliendo de casa se dio cuenta que ya no sentía ese terrible dolor. Entonces se sentó en la banqueta y lloró y lloró; no era que extrañara el dolor, es que se fue sin despedirse.