lunes, 1 de diciembre de 2008

Tienes que decir la verdad

Tienes que decir la verdad, le ordenó mientras ambos miraban el crepúsculo rojo-morado-anaranjado. Piensa en qué quieres decir y di la verdad, de otra manera te secarás de letras y llorarás.

La verdad, pensó ella mientras veía al que tenía el rostro tapado. Lo había cubierto de ojos; había callado el susurro de su mirar y ahora sólo le ordenaba: di la verdad. Ella pensó que ésta no era blanca ni bullía de palpitar. Era ciega y también tímida.

Mientras lo pensaba recordó: la verdad soy. La verdad ríe sardónica, pusilánime y tonta, a veces; otras valiente, procaz.

Entonces, ¡¿cuál es tu verdad?!, preguntó él como si le estuviera leyendo la mente.

Ella miró las palmas de sus manos y las encontró vacías, indagó con los ojos cerrados y se vio a oscuras, el miedo le había ganado esta partida y llevaba la delantera en la siguiente.

Y se encontró mentirosa: cuando decía que no odiaba.
Que lo había olvidado todo.
Que era de luz e iluminaba todo.
Que la luna canta.

La verdad era que su mirada se había deslumbrado, sus sueños empañado y su vida amoratado. Tanta lástima sentía que se calló de ojos y terminó dando tumbos a tientas.

Tenía la boca cerrada de secretos.
El tiempo cayéndole.
Mintiendo.