martes, 16 de diciembre de 2008

De citas y muertes

Hay citas a las que voy gozosa y tienen final feliz... y otras que son nefandas.
A este último grupo pertence mi cita con la reumatóloga: es un encuentro mensual que nomás no me late y que esta vez no tuvo final feliz. Chale.



Es posible que lloren los que no entienden nada, y no es que yo entienda mucho, pero he aprendido que si bien todos nos morimos, no todos mueren de buena muerte.

Existen los infames, los díscolos, los desamorados, los que nunca se apasionaron, ya no digamos por un ser humano, por un árbol, por alguna música, por los olores de la hierba, por el vaporcito que suelta una blusa cuando la besa la plancha. Son ellos, los que humillan, los que atropellan los que violan y avasallan, los que oprimen pueblos y familias, los que de mala manera despojan a nuestra madre Tierra de sus menguantes tesoros; son ellos los que mueren de mala muerte y regresan a esa tierra que los recibe con vergüenza.

Pero existe también la buena muerte, la que llega con sonrisa de buena amiga a recordarnos que ya es tiempo de irnos un poco de nuestra propia fiesta, que ya es hora de descansar y permitir que la música vaya por su cuenta.

Los que mueren de buena muerte, dejan de vivir porque aprenden que contar y cantar son tareas gozosas pero cansadas, y entonces, sin mayores aspavientos, se dan de alta como coloridos fantasmas que, disueltos en el aire, siguen atestiguando la emocionante fiesta de la vida.