viernes, 12 de diciembre de 2008

Antítesis de Oliverio

En la brevedad, en lo etéreo, tenías que haber aprendido a amarla sin querer poseerla.

Ella, de todas las mujeres que pudiste conocer, era la más libre, realmente libre. No tenía alas, no sabía volar, pero era libre y no necesitaba nada de eso. Tampoco te necesitaba.

Probablemente fue eso lo que, con lentitud y perseverancia, fue mermando tu ánimo. Nadie te hace reproches, nadie te juzga; para ti el amor era sentirte necesitado, poder jugar a ser el héroe, el salvador, el protector. Tú no comprendías el amor sin necesidad, ella no soportó la asfixia.

Tampoco fue culpa de ella, tan amante del aire, querer salir, querer correr y sentir que podía tomar cualquier camino en cualquier momento. Estaba enamorada de las posibilidades y quería un compañero de viaje.

Tú, en cambio, hubieses preferido una compañera de hogar, de cama, de casa; pero te fuiste a enamorar de ella. En un suspiro te había robado el corazón y en otro suspiro la habías perdido.

No hubo tanto dolor como pensabas, finalmente, no buscabas una mujer que volara (de querer hacerlo), buscabas una mujer que supiera echar raíces...