viernes, 2 de mayo de 2008

Rompecabezas


Cerró los ojos y sintió la pálida angustia del gris mezclándose en el lienzo, y el color azul de su propia muerte y su propia redención. Imágenes de tinta marcada en los ojos del gato a rayas, tinta roja, tinta antaño odiada y esperada en las inmediaciones de una estación olvidada del autobús.

El encuentro: una parodia furtiva, la de ayer y de siempre. Escuchar la última canción del vértigo es rememorar la ausencia y su piel moldeándose casi por siglos, en gritos, como una bella estatua en movimiento.

Pero ella supo que la melodía seguirá tocándose en sucesivas miradas y guitarras de una soledad sin ley ni minutos. No habrá de decirse más nada que las últimas palabras, cuando se decide el destino de las marionetas, encerradas todas en su propia locura: "You make me feel I can fly so high, elevation".

No quiero un novio, quiero un gato.

Y su amigo riéndose de ella, mientras el humo del cigarro inundaba los rostros y los rostros perecían y se alejaban como si estuvieran hechos en piedra blancuzca, y ella tocaba su mano pensando que seguía aún ahí, pero cuando volvía a mirar sólo sentía el humo y percibía la espuma caliente del café sobre su lengua.

¿Por qué vives tan triste? ¿Por qué escribes tan trágico? ¿Por qué no puedes tener una visión positiva?

Clases de superación que era mejor callar con un beso sobre sus labios húmedos. El beso resolvía su pobre paranoia por intentar que dejara de andar despeinada y con los pantalones rotos.


– Callado se ve mejor. Cuando habla, siento que lo daña todo con sus estupideces moralistas.
– Entonces déjalo–, le dijo Esteban. –Mejor andar solo que mal acompañado.


Ella pensó en su cuerpo, en su cuello pálido que podía recorrer poco a poco deteniéndose en cada cicatriz, en cada trazo que alguien más dejaba. De pronto, un pensamiento oscureció su rostro. Sus ojos se apagaron y sintió por un instante que podía ver todo con una claridad de espejo.

La última ficha se volvía la primera en el círculo interminable del olvido y la miseria dejada en cada sucio restaurante. Sintió lástima por Esteban, enamorado de ella y rebajándose a ser su mejor amigo, porque sabía que no podía ser más y que Mariana se perdería para siempre en los recovecos de un laberinto sin principios ni finales.


– También me gustas mucho.
– Jajaja.
– En serio.
– No digas eso. Sólo soy tu amiga.


Ahora, Mariana saldría del café y luego no creería en las leyes de un amor rosa enmascarado. Creería, apenas, en la redención del azul eléctrico y atrayente de una mirada, en la memoria de la piel escrita por otros, en la soledad que se resuelve con una salida para matar el tedio: un abrazo y un te amo, palabra prohibida y pronunciada en el recelo, perdiendo sus secretos, perdiendo su aroma.

Sin embargo, en aquel momento sólo saldría del café, con fe aún en un amor eterno, mientras las demás manos, pies, ojos y rostros unidos se dispersaban en un rompecabezas metamorfoseado, convertido en promesas y canciones que algún día hicieron llorar.

Abrió sus ojos negros para adorar esa tinta, la tinta de la seducción. Le vinieron aquellos recuerdos de la última conversación y fue cuando pensó que si era para matar la soledad, prefería un gato a un novio. Y la tinta de la seducción se regó en cada pequeño encuentro de personas que se cruzaban en las calles y en los recintos, y en los bares. No era sólo su tragedia. Era el infierno de todos los que vivían en ese sitio, que para su fortuna, jamás se volvería inmortal.