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Aquí nada malo puede pasar. Todo lo malo, todo lo ingrato, todo lo feo y canceroso queda atrás, a años luz de distancia.
Realmente me sentía dentro de un cuadro de Remedios Varo, en el que un grupo de hombres y mujeres bondadosos, sutiles, mágicos se daban a la tarea de restañar, suturar, cicatrizar el herido pétalo de la flor, y para hacerlo se valían de extraños aparatos, de sustancias sutilísimas; pero nada de eso habría servido de no ser por esas invisibles gasas que, tramadas por el amor, se aplican a la herida y la sanan, la resanan, la vuelven a sanar para que, de nuevo, se cumpla el milagro de Paracelso y lo que era ceniza vuelva a ser una lozana rosa.