lunes, 11 de agosto de 2008

No quiero

(¿Será que es hora de regresar a mis “No quiero”? ¿Dónde estás cuando te necesito, Principito?)
No quiero ir a dormir hoy y despertar habiendo olvidado todo el coraje que reuní hoy.
No quiero despertar en una ensoñación terrible de repeticiones incesantes, de caminos desgastados y promesas sin hacer y sin cumplir.
No quiero seguir perdida, sin rumbo.
No quiero olvidar la noche, la luna, el mar. Ni la sonrisa misteriosa, ni aquella que responde.
No quiero letargos, tibiezas, palabras usadas hasta que pieden su significado.
No quiero ver esos ojos y encontrar reproches, no quiero desconocer el reflejo que regresa el espejo.
No quiero...

Autosuficiencia


Ya no me escondo de ti, ya no tengo miedo.

He aprendido a quererme más, a dibujar mis pasos sobre el camino sin necesidad de esperarte.

Soy más independiente de lo que pude parecer algún día y sé que ya no necesito a nadie que marque mi rumbo si me tengo a mí.


Soy capaz de escupir sobre tu sombra, de escupir sobre todos y cada uno de mis recuerdos.


Ahora sé que aunque haya momentos en que no lo crea, sola, soy capaz de tejer los hilos de mi futuro.

La mujer que es Mar y vaya uno a saber qué más


El Principito dice que soy como un Faro. Él siempre dice cosas que son mágicas, misteriosas, ciertas o todas las anteriores.


El Principito tiene (o tenía) un pequeño comemiedos que nunca me prestó.


¿Sabes Principito? Conocí a un hombre que me recuerda mucho a ti. Vaya, al menos al Principito que eres para mí, a ese que he ido construyendo a lo largo de los años con cachitos tuyos, cachitos míos y hechizos mágicos.


¿Pensará también él que soy como un Faro?


¿Cuándo seré Puerto?


¿Cuándo Barco?


Siempre soy Mar, eso me queda claro.

La cuestión (¿o será la question? jaja)


Yo puedo ser muchas cosas: bruja, loca, soñadora, curiosa, mala pa’ cantar y pa’ las matemáticas, buena pa' los besos y pa' leer. Pero algo que nunca he sido es adivina.


Lo he intentado, claro, pero nomás no me sale. Y eso de ser curiosa hasta la médula y no ser adivina es algo que me complica un poco la existencia (sólo un poco, poquis pues).


Por eso cuando me nació la duda, no me quedó más que preguntar.


¿Qué quieres tú de mí?


Ya le pregunté a éstas que me habitan y no tienen idea, aunque sí intentaron soltarme todas sus teorías al respecto. Evidentemente no les he hecho caso, porque como están igual o peor de locas que yo, sólo me terminarían confundiendo más.


Por eso mejor te pregunto: ¿Qué quieres tú de mí

miércoles, 6 de agosto de 2008

Lugares comunes que uno desearía borrar...


Hablas con un hilito de voz, como moribundo, como tremendamente triste.
Disculpa si sueno fría, pero esa voz ya la he escuchado antes y no me provoca más que descontento. Es hablar pretendiendo que la tristeza es sólo tuya, que no importa nada más que lo que tú sientes y que yo soy la responsable por esa tristeza.
OK, acepto la responsabilidad si eso deseas.
No voy a entrar en discursos gastados de “no eres tú, soy yo”, porque esto es de dos.
Sólo sé que esa repetición se ha vuelto cansada y que no puedo continuar así.
¿Qué haré? No lo tengo aún muy claro. Empezaré con enfocarme de nuevo a esa imagen que refleja el espejo, antes de que se vuelva una desconocida que me devuelve la mirada con rabia.

No quiero


Yo no quiero un amor civilizado,
con recibos y escena del sofá;
yo no quiero que viajes al pasado
y vuelvas del mercado
con ganas de llorar.

Nunca me he sentido cómoda siendo una noviecita de aparador. La ternura se me da pero no he logrado quitarle la dosis de sarcasmo que le pongo a la cursilería. Puedo aguantar ir de la mano por la calle si la otra mano no pretende andar jalándome por el mundo.

Yo no quiero vecinas con pucheros;
yo no quiero sembrar ni compartir;
yo no quiero catorce de febrero
ni cumpleaños feliz.

Yo no quiero cargar con tus maletas;
yo no quiero que elijas mi champú;
yo no quiero mudarme de planeta,
cortarme la coleta,
brindar a tu salud.

Y es que eso de “te quiero aunque me encantaría que no fueras así”, siempre me ha parecido una tremenda jalada. Si te voy a querer, te voy a querer aunque te saques los mocos. Si no, mejor no te quiero y punto, no seré tan egoísta como para pretender cambiarte o tan tarada como para creerme que cambiarás por mí.

Yo no quiero domingos por la tarde;
yo no quiero columpio en el jardín;
lo que yo quiero, corazón cobarde,
es que mueras por mí.

Y morirme contigo si te matas
y matarme contigo si te mueres
porque el amor cuando no muere mata
porque amores que matan nunca mueren.

Puede parecernos linda la foto de la familia con perrito, el retrato de los novios prístinos con sus eternas sonrisas. Pero yo me niego a ser mujer-retrato, me niego a que me cataloguen y me guarden en un cajón condenada a una sempiterna existencia inalterada.
Prefiero eso de “hoy no te soporto pero aun así te amo con todo mi ser”, “prefiero aguantar tus días malos y disfrutar tus días buenos”. “Prefiero aguantar tus risas y disfrutar tu llanto”.

Yo no quiero juntar para mañana,
no me pidas llegar a fin de mes;
yo no quiero comerme una manzana
dos veces por semana
sin ganas de comer.

Yo no quiero calor de invernadero;
yo no quiero besar tu cicatriz;
yo no quiero París con aguacero
ni Venecia sin ti.

Desde hace tiempo que me volví inmune a ese tipo de personas que pareciera que van por la vida buscando alguien a quien hacer responsable de su felicidad. Me da la impresión de que se sienten muy románticos con aquello de “sin ti no soy nada”, “mi vida eres tú”, “gracias a ti soy feliz”... Será cinismo o sabiduría (todo depende de quién lea estas líneas), pero a mí me dan un poco de náusea estas frases. Nunca he sido tan descuidada (OK, he tenido mis días) como para poner en manos de otro mi felicidad, esa es mía para cuidarla, fomentarla y demás.
La diferencia está en eso que dice Sabina tan bien: “Porque el amor cuando no duele mata, porque amores que matan nunca mueren”, ahí está el quid, la esencia, la piedra filosofal amorosa... y no es algo sencillo de comprender...

No me esperes a las doce en el juzgado;
no me digas “volvamos a empezar”;
yo no quiero ni libre ni ocupado,
ni carne ni pecado,
ni orgullo ni piedad.

Yo no quiero saber por qué lo hiciste;
yo no quiero contigo ni sin ti;
lo que yo quiero, muchacha de ojos tristes,
es que mueras por mí.

Y morirme contigo si te matas
y matarme contigo si te mueres
porque el amor cuando no muere mata
porque amores que matan nunca mueren.

viernes, 1 de agosto de 2008

Vueltas



Los sueños siempre aparecen, nos incitan y luego se van. Uno los pierde en la prisa imaginando que mañana volverán.


Y a veces vuelven, cuando ya nadie es igual.